LA RAZA OLVIDADA


EL ÉXODO CENTROAMERICANO EN TIJUANA: UN PURGATORIO PARA LXS REFUGIADXS

El noviembre pasado, miles de refugiadxs centroamericanxs llegaron en masa a Tijuana, México, una ciudad que ya hospeda innumerables refugiadxs que ya esperan sus citas para presentar sus casos de asilo político a los Estados Unidos. Por la mayoría de este mes, estuve colaborando con voluntarixs locales y extranjerxs desde Enclave Caracol, un espacio comunitario y autónomo cerca de la puerta de entrada a San Ysidro, California, “El Chaparral.”

A un par de cuadras hacia el oeste, al lado del barrio rojo en zona norte, se convirtió la Unidad Deportiva Benito Juárez en un albergue para recibir la mayoría de este grupo. Dentro de una semana, carpitas de lona cubrían el campo del deportivo trepándose sobre las gradas. Todavía, muchas personas, incluyendo a mujeres con sus bebés, se quedaron durmiendo a campo abierto. En el deportivo, se entregaba comida dos veces al día, pero se acababa antes de darle de comer a todas personas. Las condiciones ya escuálidas empeoraron con la primera lluvia pesada. Bajó la temperatura y subió hasta los tobillos el nivel del agua dentro del deportivo. Durante la conmoción causada por la tormenta, llegó una ola de policías federales y inmigración en autobús. Un refugiado con quien hablaba espéculo, señalando hacia los buses, “Se les están engañando a todos. Los van a llevar de vuelta a Mexicali, a deportarlos. Yo no voy.” A pesar de las condiciones desesperadas, muchxs se rehusaron a ser trasladadxs del Benito Juárez por estos rumores. Más tarde en la noche, se hizo una declaración oficial que se iba a reubicar la gente a un nuevo albergue llamado “El Barretal.”

Ubicado en Mariano Matamoros, un barrio en las afueras de la ciudad, este nuevo albergue no era una solución al estar expuestos a los elementos. Muchas personas todavía se rehusaron a irse del Deportivo Benito Juárez, ya que está ubicado en la zona norte, muy cerca de donde podían recibir asesoría legal y de donde sus casos de asilo procesados. Muchxs centroamericanxs habían tramitado una visa de trabajo en México y ya habían empezado sus nuevos empleos en ese barrio. Su objetivo era permanecer lo más cerca a la frontera posible, esperando atentamente su oportunidad para cruzar. Un amigo que veía frecuentemente fue trasladado al Barretal. En un bus que cobra diecisiete pesos, viajó cuarenta y cinco minutos para llegar a Enclave Caracol. “No hay agua allá.” me contó. En lo que se apuraron 2.300 personas para mudarse a la nueva “instalación”, no hubo ninguna previsión de establecer infraestructura de comida, agua potable, o baños suficientes. Mientras las personas estaban siendo transferidas al Barretal, se dejó de servir comida y agua en Benito Juárez y la policía empezó de prohibir la entrada de donaciones al albergue. Era una táctica obvia del gobierno de Tijuana para presionar las cientas de personas restantes a que se muden al Barretal, o a que renuncien y vuelvan a sus países de origen. Sin dejarse desanimar por los bloqueos policiales, muchxs voluntarixs empezaron servir comida y botellas de agua desde sus carros en las calles alrededor del Benito Juárez. Algunxs refugiadxs se rehusaron a dejar a sus carpitas, así que tuvimos que contrabandear botellas de agua en bolsas de basura a lxs que permanecían. El veinte de diciembre, la gente que todavía ocupaba las calles alrededor de el campo de béisbol fueron desalojados a la fuerza con amenaza de detención y/o deportación.

Enclave Caracol está ubicado entre Unidad Deportivo Benito Juárez y la puerta de entrada a los estados unidos, El Chaparral. El edificio de cinco pisos hospeda un taller de bicicletas comunitario, un estudio de serigrafia, un espacio para eventos culturales y prácticas de grupos musicales, y Comida No Bombas, que entrega una comida gratis al público cuatro días a la semana.

Enclave abrió sus puertas a la ola de refugiadxs que se derramaba del Benito Juárez. El espacio se adaptó rápidamente y sigue evolucionando para acomodar las necesidades críticas de atención médica, apoyo legal, y otras necesidades básicas como zapatos, abrigos, cobijas, y productos higiénicos. El sótano se convirtió en bodega para alimentos donados, con torres del piso al techo de pañales, toallas húmedas, y fórmula para bebés. La cocina aumentó, no solamente en tamaño, pero también en términos de calidad y cantidad de comida entregada. En vez de servirle a unas cincuenta personas en la tarde, empezaron de servirle a alrededor de cuatrocientxs a lo largo del día. El segundo piso se convirtió en la bodega de ropa, donde se doblaba y ordenaba montones de ropa. A través de prueba y error, intentábamos desarrollar  sistemas sensatos para distribuir las donaciones. Un pequeño cuarto en el segundo piso se convirtió en una clínica visitada irregularmente por doctores voluntarixs. El taller de danza en el tercer piso sirvió como sala de encuentro para Pueblos Sin Fronteras tal como un albergue para lxs refugiadxs de la comunidad LGBTQ cuando se les amenazaron en otros lugares. Cada día en la tarde, el mismo espacio se convirtió a la sala de encuentro donde lxs abogadxs de Al Otro Lado hacían entrevistas individuales con lxs refugiadxs para comenzar el proceso de aplicación para el asilo político en los estados unidos, y para darles un número para presentar su caso.

La alta necesidad de voluntarixs en cada nivel de este panal estuvo contestado con ánimo por lxs mismxs individuxs del éxodo. Dos mujeres hondureñas tomaron control de la cocina, produciendo cientos de laboriosas baleadas el dia de gracias, y incesantemente coordinando docenas de voluntarixs para generar cantidades enormes de platillos de calidad profesional a través de todo el dia, cada dia. La ropa tenía que estar redoblada y reorganizada después de ser saqueada diariamente, y la banda estaba contenta por tener “algo para distraerme” y hacer cualquier cosa para facilitar que el sistema funcione mejor para todxs. Nunca hicieron falta manos para traer donaciones al segundo piso o al sótano. Tres hombres hondureños formaron el equipo de carpintería que construyó nuevos estantes pared a pared en esos pisos para acomodar el gran volumen de donaciones que venían entrando, al igual que dos mesas nuevas para expandir la cocina. A pesar del agotamiento físico y emocional, los ritmos de cumbia mantuvo el ánimo levantado y las caderas en movimiento.  Entre el caos, estrés, y drama generado por el abandono del gobierno, Enclave ha sido una plataforma para el apoyo mutuo y solidaridad creado por las organizaciones e individuos que colaboran para hacer que el espacio funcione.

La situación en Tijuana está evolucionando constantemente y la gente que está allí apoyando  está trabajando para mantenerse al día con los cambios legales, las violaciones de derechos humanos, y las políticas migratorias crueles y caprichosas de los estados unidos.

Asi Como todo otro aspecto del laberinto sórdido y oscuro que es el proceso actual de inmigración de los estados unidos, este estado de crisis es totalmente innecesario y evitable. Aun antes del éxodo centroamericano, la patrulla fronteriza de los estados unidos rechazaba compulsivamente a refugiadxs, canalizando la corriente natural de inmigrantes quienes tienen el derecho globalmente reconocido de entrar a este país y solicitar el asilo político. La disfunción está integrado este sistema complejo, que abruma a las organizaciones de apoyo en ambos lados de la frontera y degrada a las redes de apoyo. Ante esfuerzos para desorientar y desarmar, hay una necesidad de forjar redes de solidaridad y comunicación internacional más fuertes. La urgencia para apoyar a inmigrantes y refugiadxs se extiende mucho más allá de las garitas de entrada como Tijuana, Nogales, El Paso/Juárez, y McAllen. Una vez que atraviesan los centros de detención, lxs migrantes se enfrentan discriminación, persecución, y son sumamente vulnerables a la explotación y extorsión. Hay oportunidades para participar y dar la bienvenida a lxs refugiadxs a nuestrxs comunidades en ciudades a través de todo el país.


COMO Y DONDE INVOLUCRARSE

DONACIONES EN TIJUANA

Pueblos Sin Fronteras y Al Otro Lado son dos organizaciones operando dentro del Enclave Caracol y en colaboración con lxs organizadores de adentro de la población de refugiadxs. Estos grupos están haciendo un impacto tangible e imperativo por alocar los recursos apropiadamente. pueblosinfronteras.org / alotrolado.org

Frontline Medics equipa refugiadxs y aliadxs con capacitaciones de primeros auxilios y mochilas con suministros como lavado de ojos para el tratamiento de los efectos de gas lacrimógeno. En 25 de noviembre, la patrulla fronteriza de los estados unidos asaltaron un grupo de alrededor de trescientos personas, incluso mujeres y niñxs, con gas lacrimógeno cerca del muro y El Chaparral. Otra vez, en el 18 de diciembre, un cartucho de gas lacrimógeno estuvo lanzado en el Barretal, donde mujeres y niños están supuestamente bajo de la protección del Instituto Nacional de Migración (INM) de México. facebook.com/frontlinemedics

NEW ORLEANS

New Orleans Workers’ Center for Racial Justice recientemente organizó un evento que alumbró la historia de la intervención de los estados unidos en centroamérica como la causa raíz del éxodo. Este grupo está trabajando fortificar los redes de solidaridad y apoyo mutuo en toda la ciudad y osificar nuestros esfuerzos contra la opresión racializada. Tienen información para lxs que tienen la capacidad y que son dispuestxs patrocinar personas en detención para pagar la fianza para que puedan salir del centro de detención y alojarlas mientras que esperen sus citas de la corte. nowcrj.org

Congreso de Jornaleros, una rama el NOWCRJ, tiene reuniones cada semana y charlando sobre oportunidades para mandar donaciones a Tijuana.

Amor y Solidaridad aloja reuniones cada domingo y está generando “solidaridad con cinco poderosas mujeres trans* de la caravana Diversidad Sin Fronteras buscando el asilo en New Orleans” amorysolidaridad.com



CENTRAL AMERICAN EXODUS IN TIJUANA: A PURGATORY FOR ASYLUM-SEEKERS

This past November, several thousand Central American asylum-seekers arrived en masse to Tijuana, Mexico, a city already tasked with housing countless refugees awaiting their appointments to present asylum cases in the United States. I spent the majority of November collaborating with local and foreign volunteers based out of Enclave Caracol, an autonomous cultural space near El Chaparral, port of entry into San Ysidro, California.

A few blocks west of El Chaparral, just past the red light district in zona norte, the baseball complex Unidad Deportiva Benito Juárez was converted into a makeshift shelter to receive the majority of this group. Within a week, tarp-rigged tents covered the field and crept upward onto the bleachers. Still, many people, including women and children, were left sleeping in the open air. Meals were provided twice a day at the outdoor shelter, but the food would run out well before everyone could be fed. The already squalid conditions worsened with the first major rain. Temperatures dropped and the water rose to ankle level across the baseball stadium. Amidst the commotion caused by the storm, a surge of federal police and Mexican immigration buses arrived. People lined up to be voluntarily relocated, though it was unclear where they were being taken. One refugee with whom I spoke speculated, signaling towards the buses, “They are all being tricked. They are taking them back to Mexicali where they will be deported. I’m not going.” Despite desperate conditions, many refused to be moved from Benito Juarez because of these rumors. Later that night, an official statement was released saying that people were being relocated to a new shelter called El Barretal.

Located in Mariano Matamoros, a neighborhood on the outskirts of the city, this new shelter was no solution for exposure to the elements. Many people still refused to leave Deportivo Benito Juarez, as it is located in zona centro, very close to where their legal support and asylum cases would be processed. Many Central Americans had acquired working permits and had started jobs in this neighborhood. Their objective was to remain as close to the border as possible, vigilantly awaiting their chance to cross. One friend I saw frequently was moved to Barretal. He would take a 17 peso bus for 45 minutes in order to get back to Enclave Caracol. “There’s no water there” he told me. While 2,300 people had been hastened into the new “facility,” there was no foresight to have any infrastructure such as food, potable water, or sufficient bathrooms. As people were transferred to El Barretal, food and water simultaneously ceased to be provided at Benito Juarez and the police began prohibiting donations from entering the complex. It was a clear tactic by Tijuana’s government to coerce the remaining hundreds of people to either move to El Barretal or to give up and return to their home countries. Undeterred by police blockades, many volunteers began serving food and bottles of water out of their cars on the streets surrounding Benito Juarez. Some refugees refused to leave their tents, so we would smuggle water bottles in trash bags to those holding their ground. On December 20, the people still occupying the streets surrounding the baseball field were forcefully evicted and brought to Barretal, with the threat of incarceration and deportation.

Enclave Caracol is situated between Benito Juarez and the U.S. port of entry, El Chaparral. The five story building hosts a community bike shop, screen printing studio, space for cultural events, band practices, and Food Not Bombs, which provides free meals four days a week.

Enclave opened its doors to the surge of refugees spilling over from Benito Juarez. The space adapted rapidly and continues to evolve to accommodate the dire need for medical attention, legal support, and basic necessities such as shoes, coats, blankets, and hygiene products. The basement became the storage for food donations, floor to ceiling towers of baby diapers, wipes, and formula. The kitchen expanded not only in size but also in terms of the quantity and quality of the food being served. They went from serving around 50 people in the evenings to nearly 400 people throughout the day. The second floor became the clothing bodega, where heaps of clothes were folded and categorized. Through trial and error, we developed systems to sensibly distribute donations. A small room on the second floor became the medical clinic, visited sporadically by volunteer doctors. The dance studio on the third floor served as a meeting space for Pueblos Sin Fronteras as well as an emergency shelter for LGBTQ refugees who had been threatened in other locations. Every afternoon, that same space became a meeting hall where the lawyers from Al Otro Lado conducted one-on-one interviews to start the process of applying for asylum in the United States, and assigned them a number to present their case.

The high demand for volunteers on every level of this beehive was met with vigor by members of the exodus themselves. Two Honduran women turned the kitchen on its ass, cranking out hundreds of labor-intensive baleadas on Thanksgiving and ceaselessly orchestrating dozens of volunteers to generate massive quantities of professional-grade dishes throughout the day. Clothes needed to be refolded and reorganized after being picked over, and folks were happy to have “something to distract me” and to do anything to help the system work better for everyone. As donations flowed in, there were always plenty of hands to carry things into the basement and second floor. Three Honduran men made up a carpentry crew that built wall-to-wall shelves on those floors to accommodate the volume of goods coming in, as well as new shelves and tables to expand the kitchen. Despite physical and emotional exhaustion, Cumbia rhythms kept spirits high and hips swaying. Amidst the chaos, stress, and drama generated by the government’s neglect, Enclave has become a platform for mutual aid and solidarity created by the organizations and individuals who collaborate to make the space function.

The situation in Tijuana is constantly evolving and people on the ground are hustling to keep up with the legal changes, human rights violations, and the United States’ callous and capricious immigration policy.

As with every other aspect of the sordid and obscured labyrinth that is the current process of immigration in the U.S., this state of crisis is entirely unnecessary and avoidable. Even before this exodus from Central America, U.S. Customs and Border Patrol was compulsively rejecting asylum seekers and damming the natural flow of immigrants who have a globally recognized right to enter this country and plea for political asylum. Dysfunction is built into this convoluted system, which overwhelms aid groups on both sides of the border and corrodes support networks. In the face of efforts to disorient and disarm, there is a necessity to forge stronger international communication and solidarity networks. The urgency to support immigrants and asylum-seekers extends beyond ports of entry such as in Tijuana, Nogales, El Paso /Juarez or McAllen. Once through the detention centers, migrants are still met with discrimination and persecution, and are highly vulnerable to exploitation and extortion. There are opportunities to engage with and welcome asylum-seekers into communities in cities across the country.


HOW AND WHERE TO GET INVOLVED

TIJUANA DONATIONS

Pueblos Sin Fronteras and Al Otro Lado are two organizations operating inside Enclave Caracol and in collaboration with organizers from within the refugee population. These groups are making imperative and tangible impact by allocating resources appropriately. pueblosinfronteras.org / alotrolado.org

Frontline Medics equips asylum-seekers and allies with street medic training and backpacks with first aid supplies, like eye-wash for treating tear gas. On November 25, a crowd of around 300 men, women, and children were tear gassed by U.S. Border Patrol near El Chaparral. Again on December 18 a tear gas cartridge was thrust into El Barretal, where women and children are supposedly under the protection of Mexican Immigration. facebook.com/frontlinemedics

NEW ORLEANS

The New Orleans Workers’ Center for Racial Justice recently hosted an event that shed light on the history of U.S. intervention in Central America as a root cause of the Exodus. This group is working to fortify networks of solidarity and mutual aid throughout the city, and ossify our united efforts against racialized oppression. They have information for people able and willing to become sponsors for people in detention, to post their bond to be released, and host while they await their asylum hearings. nowcrj.org

Congreso de Jornaleros, a branch of NOWCRJ, has weekly meetings and is discussing opportunities to send donations to Tijuana.

Amor Y Solidaridad hosts meetings every Sunday and is creating networks of “Solidarity with 5 powerful trans*women from Diversidad Sin Fronteras caravan seeking asylum in New Orleans.” amorysolidaridad.com


fotos JAMES CORDERO de BORDER ANGELS